“Si un mes tiene 31 días, trabajo los 31”, contó una trabajadora de una fábrica en Guangzhou, China, que cose ropa para una marca popular, sin contrato y con más de 75 horas semanales. Su historia —recogida por la BBC— refleja una realidad común en muchas zonas del sur global, donde la explotación es la regla.
Detrás de cada prenda que vestimos hay historias que rara vez se cuentan. Una realidad que no comienza en vitrinas iluminadas, sino en fábricas invisibles para los ojos del consumidor. Nos dejamos llevar por las ofertas, las tendencias efímeras, la emoción de estrenar, sin detenernos a pensar que este sistema se sostiene sobre las vidas de millones de personas atrapadas en un ciclo de explotación, pobreza y desigualdad.
Pero la historia no termina allí. El mismo modelo de producción rápida que explota a las personas también devasta al planeta. Su acelerado ritmo alimenta un consumo excesivo y, en consecuencia, deja montañas de desechos. Cada año se producen entre 80 y 150 mil millones de prendas, pero lo más alarmante es que una gran parte nunca llega a usarse.
El sistema que viste al mundo… y lo desgasta.
El modelo de consumo de la industria textil, popularizado en los años 90, se sostiene sobre cuatro pilares: bajo costo, alta rotación, obsolescencia planificada y externalización laboral. Para las marcas, este sistema es eficiente y rentable, pero para las personas y el planeta, resulta insostenible y devastador.
Según Earth.org, esta industria genera alrededor del 10 % de las emisiones globales de CO₂ y consume el 20 % del agua dulce. La mayoría de las prendas están hechas de fibras sintéticas —poliéster, elastano, nailon, acrílico— que no se biodegradan ni reciclan fácilmente.
Plataformas como TikTok, Instagram y YouTube impulsan esta lógica con videos de la cultura “haul” que glorifican compras masivas y efímeras. Como resultado, una prenda se usa apenas entre 7 y 10 veces antes de ser desechada, perpetuando un ciclo de consumo insostenible.
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El público detrás del fast fashion.
La moda rápida encuentra su mayor impulso en los más jóvenes, como la generación Z, de quienes el 36% compra nuevas prendas al menos una vez al mes, llegando a gastar un promedio de 767 dólares anuales.
Dentro de este grupo, las mujeres de 18 y 24 años son las consumidoras más activas, ya que, presionadas por las tendencias de temporada, renuevan constantemente su guardarropa, usando las prendas solo unas pocas veces. Según estudios, cerca del 41% de estas jóvenes afirma sentirse presionada a no repetir atuendo en distintas ocasiones.
Esta cultura de consumo rápido y desechable deja atrás un creciente volumen de ropa descartada. Prendas que apenas han sido usadas terminan acumulándose fuera de la vista del consumidor. Detrás de cada compra hay más de un deseo de estrenar: existe un sistema que empuja a consumir más rápido de lo que imaginamos.
¿Y dónde termina toda esta ropa?
Pocas veces nos detenemos a pensar qué pasa con la ropa que desechamos. Cada año, cerca del 73 % de las prendas producidas en el mundo acaba en vertederos o incinerada. Lo más grave es que gran parte termina amontonada en basureros textiles de otros países, fuera de la vista del consumidor.
Por ejemplo, en el desierto de Atacama, en Chile, se acumulan montañas de ropa desechada, convirtiéndose en el vertedero textil más grande del mundo. En Kenia, en 2021 se exportaron más de 900 millones de prendas usadas, muchas de las cuales no pueden revenderse. Y en Ghana, un vertedero alcanza 15 metros de altura y está compuesto en un 60 % por prendas extranjeras.
Aun así, muchas personas siguen creyendo que al donar su ropa están dándole una segunda oportunidad y haciendo un bien. La realidad es mucho más compleja: este consumo y desecho masivo colapsa los mercados locales, genera graves problemas ambientales —como contaminación del agua, degradación del suelo y emisiones tóxicas—, pone en riesgo la salud de las comunidades y destruye la economía de la industria textil artesanal, que intenta sobrevivir frente a la avalancha de ropa usada.
Este modelo no solo resulta insostenible, sino también devastador para las comunidades y los ecosistemas. Sin embargo, ya existen alternativas que están transformando la forma en que producimos y consumimos moda.
¿Y ahora qué? Un cambio posible.
Marcas como Patagonia, iniciativas como Ecocitex y programas de reciclaje como Pre-Owned de Zara o los contenedores de H&M promueven la economía circular para cerrar el ciclo de las prendas —reparar, revender y reutilizar—. Este modelo busca alargar la vida útil de la ropa y mantener los materiales en uso el mayor tiempo posible, evitando que terminen en vertederos o incineradoras. Así, la economía circular se presenta como una alternativa viable frente al modelo lineal de —producir, usar y desechar— que aún domina la industria textil.
En Ecuador, oportunidades sostenibles.
Aunque todavía es común heredar o regalar ropa, en el país ha predominado la lógica de “usar y botar”. Sin embargo, ya existen iniciativas que promueven un consumo más responsable y sostenible.
Proyectos como Amigui fomentan la venta y el intercambio de prendas usadas, dándoles una segunda vida. Marcas como Hallados rescatan textiles y los transforman en nuevos productos con un enfoque innovador y sostenible, demostrando que es posible combinar moda con responsabilidad ambiental.
Además, las tradicionales ferias de “pulgas” o “garaje” siguen siendo espacios clave donde la ropa usada circula y se revaloriza, manteniendo vivos hábitos de reutilización y consumo consciente. Estas prácticas locales, aunque aún incipientes frente a los desafíos del fast fashion y el greenwashing, son señales claras de que la sostenibilidad textil puede abrirse camino en el país.
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Vestir con propósito.
El futuro de la moda —y de muchas industrias— dependerá de cómo elegimos producir y consumir, porque la sostenibilidad no es una tendencia, es una urgencia.
En AVCORP, trabajamos todos los días por un futuro más responsable, convencidos de que un mundo más sostenible comienza con pequeñas acciones cotidianas. Creemos que las decisiones personales, como elegir lo que vestimos con conciencia, son tan importantes como las iniciativas sostenibles que impulsamos en todos nuestros proyectos.
La sostenibilidad es un esfuerzo colectivo. Porque transformar el mundo empieza por nuestras propias decisiones.